99.- Estudias demasiado…

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Isidro Música
99.- Estudias demasiado...
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Bienvenidos a Isidro Música, el podcast donde exploramos el mundo del saxofón y la enseñanza musical. Soy Isidro Rodríguez, saxofonista, profesor y director del Centro de Educación Musical Isidro Rodríguez. Si quieres saber más sobre mi trabajo, acceder a clases online o conocer las agrupaciones de nuestra academia, te invito a visitar isidromusica.com. Ahora sí, disfrutemos juntos de este episodio.

ChatGPT Image 30 jul 2026, 19 10


Hoy quiero hablarte de algo que puede sonar extraño viniendo de un profesor de música: quizás no estés estudiando poco. Quizás estés estudiando demasiado… o, mejor dicho, estés estudiando más de lo que eres capaz de aprovechar.

No estoy diciendo, por supuesto, que no haya que estudiar. Aprender a tocar un instrumento requiere tiempo, constancia, paciencia y muchas horas de trabajo. No existen atajos capaces de sustituir la práctica, pero sí existe una diferencia enorme entre practicar de forma consciente y limitarse a repetir.

Muchas veces nos tranquilizamos diciendo que hemos estudiado una hora, dos horas o toda una tarde, cuando la pregunta verdaderamente importante no es cuánto tiempo hemos estado con el instrumento, sino qué hemos conseguido durante ese tiempo.

Puede ocurrir que una persona pase sesenta minutos tocando una obra de principio a fin, repitiendo siempre los mismos fallos, y que termine la sesión exactamente igual que la empezó. En cambio, otra persona puede dedicar veinte minutos a un fragmento concreto, detectar dónde está la dificultad, reducir la velocidad, cambiar la forma de trabajarlo y conseguir un avance mucho más sólido.

El reloj mide el tiempo que hemos pasado con el instrumento, pero no necesariamente mide lo que hemos aprendido.

Cuando repetir se convierte en practicar el error

Uno de los errores más frecuentes aparece cuando un pasaje no sale y decidimos repetirlo una y otra vez sin modificar nada. Lo tocamos una vez, fallamos en el mismo lugar, volvemos a empezar y nos equivocamos exactamente de la misma manera.

Después de cinco o seis intentos comenzamos a enfadarnos. Apretamos más la embocadura, aceleramos sin darnos cuenta y los dedos empiezan a moverse con más tensión. A partir de ahí ya no estamos estudiando el pasaje: estamos entrenando el error y asociándolo, además, con una sensación de frustración.

Nuestro cuerpo aprende tanto lo que hacemos bien como lo que hacemos mal. Si repetimos veinte veces una digitación incorrecta, una respiración mal colocada o una articulación descontrolada, esos movimientos también se van fijando. Por eso, cuando algo no funciona, insistir no siempre es la mejor solución.

A veces necesitamos parar unos segundos y preguntarnos qué está fallando realmente. Quizás el problema no está en las notas, sino en el ritmo. Puede que la dificultad se encuentre en un cambio de digitación, en una respiración demasiado tardía o simplemente en que estamos intentando tocar a una velocidad para la que todavía no tenemos suficiente control.

Esa pausa para analizar no es una pérdida de tiempo. Al contrario, suele ser el momento en el que comienza el verdadero estudio. Cuando identificamos el problema, podemos elegir una herramienta concreta: tocar solamente el ritmo, cantar la frase, marcar las digitaciones sin soplar, trabajar dos o tres notas, separar las articulaciones o reducir la velocidad del metrónomo.

Todo eso puede parecer menos espectacular que tocar la obra completa, pero es precisamente lo que permite que después podamos interpretarla con seguridad.

Estudiar lentamente no es perder el tiempo

También seguimos teniendo cierta resistencia a estudiar despacio. Muchos estudiantes sienten que tocar lento es aburrido o que demuestra falta de nivel, cuando en realidad practicar lentamente exige mucha atención.

Al reducir la velocidad desaparece la posibilidad de esconder los problemas detrás de la inercia. Escuchamos mejor el sonido, percibimos si el pulso es estable, notamos dónde aparece la tensión y podemos preparar cada movimiento con intención.

Tocar lento no significa retroceder. Significa observar con claridad lo que está ocurriendo mientras tocamos.

En muchas ocasiones, cuando un fragmento rápido no funciona, intentamos resolverlo repitiéndolo una y otra vez a la velocidad final. Sin embargo, si nuestros dedos todavía no conocen bien el recorrido, lo único que hacemos es obligarlos a improvisar movimientos cada vez más tensos.

Es mucho más eficaz empezar a una velocidad en la que podamos controlar cada nota y aumentar el tempo poco a poco. Lo importante no es llegar cuanto antes a la velocidad final, sino construir una base suficientemente segura para que esa velocidad aparezca después de forma natural.

El peligro de estudiar en modo automático

Otro hábito que puede hacernos perder muchísimo tiempo es estudiar en modo automático. Abrimos el estuche, comenzamos con una escala, seguimos con un ejercicio y después tocamos el repertorio, pero nuestra cabeza está en otro sitio. Los dedos se mueven y el instrumento suena, aunque no estamos escuchando de verdad.

En esas condiciones podemos mantener cierta rutina, pero resulta difícil corregir algo o desarrollar una habilidad nueva. Estamos tocando, sí, pero no necesariamente estamos estudiando.

Una pregunta sencilla puede cambiar por completo una sesión: ¿qué quiero mejorar hoy?

El objetivo no tiene que ser enorme. Puede consistir en estabilizar el ritmo de cuatro compases, conseguir una entrada limpia, mejorar el sonido del registro grave o resolver una respiración incómoda. Cuando el objetivo es concreto, sabemos qué debemos escuchar y podemos comprobar si realmente hemos avanzado.

En cambio, cuando el único propósito es tocar durante una hora, es muy fácil terminar sin saber exactamente qué hemos trabajado.

También ayuda mucho grabarnos. Mientras tocamos estamos pendientes de la digitación, la respiración, la articulación, la partitura y muchas otras cosas al mismo tiempo. Por eso no siempre escuchamos con claridad lo que realmente está sonando.

Cuando escuchamos una grabación podemos descubrir que el problema que atribuíamos a los dedos está en el ritmo, que una dinámica apenas se percibe o que la afinación cambia en un registro determinado. La grabación puede resultar incómoda al principio, pero nos ofrece una información muy valiosa sobre nuestro estudio.

Hay días en los que simplemente estamos cansados

El cansancio influye mucho más de lo que queremos reconocer. Hay días en los que hemos tenido clases, trabajo, ensayos, reuniones o cualquier otra obligación y, aun así, cogemos el instrumento porque sentimos que debemos cumplir.

Comenzamos a tocar y todo parece peor de lo habitual. La embocadura no responde, los dedos están pesados, la respiración es inestable y la concentración desaparece. Entonces pensamos que hemos perdido nivel o que ya no sabemos tocar, cuando probablemente lo que ocurre es mucho más sencillo: estamos agotados.

Continuar durante otra hora en esas condiciones no siempre demuestra disciplina. En algunos casos solamente aumenta la tensión y la frustración.

Una sesión breve y bien planteada puede ser mucho más útil. Podemos hacer sonidos largos, trabajar algo de técnica sin exigir velocidad, revisar un fragmento sencillo y, si el cuerpo no responde, descansar.

Descansar también forma parte del estudio, porque el aprendizaje no sucede únicamente mientras estamos tocando. Nuestro cerebro necesita tiempo para organizar lo trabajado y nuestro cuerpo tiene que recuperarse para poder repetir los movimientos con calidad.

Por supuesto, no debemos utilizar el cansancio como excusa todos los días. La constancia implica estudiar también cuando no tenemos demasiadas ganas. Sin embargo, existe una diferencia entre vencer un poco de pereza y obligarnos a continuar cuando ya no somos capaces de mantener la atención o el control físico.

Aprender a reconocer esa diferencia también forma parte del proceso.

Tocar siempre la obra completa

Hay otro error muy habitual, especialmente cuando se acerca un concierto, una audición o un examen: tocar siempre la obra completa.

Empezamos desde el primer compás, avanzamos hasta el final y, cuando llegamos a una zona difícil, tropezamos, seguimos como podemos y terminamos la pieza. Al día siguiente hacemos exactamente lo mismo.

De esta manera dedicamos muchísimo tiempo a las partes que ya sabemos y muy poco a las que realmente necesitan atención.

Trabajar una obra completa es necesario para comprender su estructura, desarrollar resistencia y practicar la continuidad, pero no puede ser nuestra única forma de estudio. También tenemos que desmontarla.

Podemos seleccionar dos, tres o cuatro compases, trabajar el ritmo por separado, revisar las digitaciones, comprobar la afinación y después volver a unir ese fragmento con lo anterior y con lo siguiente.

Quizás durante la sesión tengamos la sensación de haber tocado muy poco, porque solamente hemos trabajado una pequeña sección. Sin embargo, si ese fragmento ha mejorado de verdad, el estudio ha sido productivo.

En ocasiones queremos terminar cada día con la sensación de haber interpretado muchas obras, escalas y ejercicios. Pero estudiar no consiste en acumular material, sino en mejorar aquello que todavía no controlamos.

La obsesión por tocar cada vez más rápido

Otro punto delicado es la obsesión por la velocidad. El metrónomo es una herramienta extraordinaria, pero puede convertirse en una especie de competición contra nosotros mismos.

Tocamos un ejercicio a una velocidad determinada, conseguimos que salga una vez y subimos inmediatamente varios puntos. Después volvemos a subir, aunque el control todavía sea inestable, porque sentimos que avanzar significa ir cada vez más rápido.

Sin embargo, que un pasaje salga una vez no significa que esté aprendido.

Antes de aumentar la velocidad deberíamos poder repetirlo varias veces con comodidad, buen sonido, ritmo estable y sin tensión. La velocidad debe aparecer como consecuencia del control.

Cuando intentamos sustituir el control por velocidad, lo habitual es que los errores regresen en cuanto aparece el nerviosismo de una clase, un ensayo o un concierto.

A veces vemos vídeos de músicos interpretando pasajes a una velocidad increíble y pensamos que nuestro objetivo debería ser llegar cuanto antes a ese resultado. Lo que no vemos son todas las horas de trabajo lento, repetición consciente y construcción técnica que existen detrás de esa interpretación.

La velocidad es la parte visible, pero el control es lo que la sostiene.

¿Cómo organizar mejor una sesión?

Como profesor, intento que el alumnado entienda que una buena sesión no se mide solamente por su duración. Prefiero veinte o treinta minutos con atención, escucha y objetivos claros que una hora y media repitiendo en automático.

Esto no significa que media hora sea siempre suficiente. Hay niveles, repertorios y proyectos que exigen muchas horas, pero esas horas tienen que estar organizadas.

Una sesión puede comenzar con unos minutos de calentamiento y trabajo del sonido. Después podemos dedicar una parte a la técnica: escalas, articulación, digitación o afinación. A continuación, centrarnos en fragmentos concretos del repertorio y, al final, tocar una sección más amplia para comprobar cómo encaja lo que hemos corregido.

No es una fórmula rígida, porque cada músico y cada día son diferentes, pero ayuda a evitar que todo el estudio consista en empezar por el primer compás y llegar como sea hasta el último.

También considero importante terminar con una sensación razonablemente positiva. No hace falta cerrar siempre la sesión enfrentándonos al fragmento más difícil de toda la obra. Podemos acabar tocando algo que nos guste, una melodía con la que disfrutemos o una parte que hayamos conseguido mejorar.

Esa pequeña sensación de logro ayuda a mantener la motivación y hace que al día siguiente volvamos al instrumento con una disposición diferente.

La disciplina es necesaria, pero la disciplina no consiste en castigarnos. Consiste en aprender a trabajar con inteligencia, incluso en los días en los que no tenemos demasiadas ganas.

Por tanto, cuando lleves un buen rato estudiando y notes que cada vez tocas peor, no concluyas inmediatamente que no sirves, que has perdido nivel o que necesitas estudiar tres horas más.

Para, respira y revisa lo que estás haciendo. Pregúntate si sigues escuchando, si tienes un objetivo concreto, si estás repitiendo el mismo error o si simplemente estás cansado.

Quizás no necesites tocar el pasaje otras veinte veces. Puede que necesites hacerlo más lento, dividirlo, cantarlo, grabarlo o dejarlo descansar hasta mañana.

Estudiar más no siempre significa aprender más. En cambio, estudiar con intención, atención y paciencia sí puede transformar nuestra manera de tocar.

La música exige constancia, pero también inteligencia, escucha y respeto por nuestros propios procesos.

Y ahora te lanzo una pregunta: ¿alguna vez has terminado una sesión de estudio sintiendo que tocabas peor que al principio?

Me gustaría que lo compartieras en los comentarios y que nos contaras cómo organizas tus sesiones o qué estrategias utilizas cuando un fragmento parece no avanzar.

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¡Hasta la próxima!