Bienvenidos a Isidro Música, el podcast donde exploramos el mundo del saxofón y la enseñanza musical. Soy Isidro Rodríguez, saxofonista, profesor y director del Centro de Educación Musical Isidro Rodríguez. Si quieres saber más sobre mi trabajo, acceder a clases online o conocer las agrupaciones de nuestra academia, te invito a visitar isidromusica.com. Ahora sí, disfrutemos juntos de este episodio.

Hoy no vengo a hablarte de partituras, ni de boquillas nuevas, ni de conciertos… aunque sí, esta última semana hemos tenido unos conciertos muy especiales. Pero hoy, justo porque venimos de tanto ruido, de tanto movimiento, de tanto “hacer”, quiero hablarte de algo que a veces olvidamos: el silencio.
Y no me refiero solamente al silencio en la música —ese compás que se toca sin tocar, ese momento que parece vacío pero está cargado de intención—. Hablo también del silencio como espacio personal, como herramienta emocional, como parte esencial de nuestro desarrollo como músicos y personas.
Piénsalo un momento. En nuestra vida cotidiana, ¿cuántas veces paramos de verdad? ¿Y cuándo lo hacemos, qué sentimos? Muchas veces, lo primero que aparece es incomodidad. No estamos acostumbrados a ese espacio sin ruido, sin instrucciones, sin expectativas.
Yo mismo me lo pregunto constantemente. Estos días, después de terminar el concierto sacro de La Aldea —que, sinceramente, ha sido uno de los más profundos y emocionantes que hemos hecho— sentí una mezcla de satisfacción, cansancio, y una especie de vacío. Como cuando algo que has preparado durante semanas se termina.
Pero hubo algo distinto esta vez: el silencio que se creó dentro del concierto. Hubo momentos en los que la música se detenía por completo. Ni un murmullo. Ni un roce de partitura. Solo aire. Expectativa. Y ese silencio, tan limpio, tan pleno… fue parte de la obra. No estaba escrito como tal, pero se construyó con nosotros, con el público, con la acústica del espacio. Y fue ahí cuando entendí que no solo estábamos tocando música: estábamos también tocando el silencio.
Ese momento fue tan poderoso que se convirtió en inspiración para todo lo que vino después. Nos ayudó a tocar con más intención, con más escucha, con más respeto por cada nota.
El silencio también suena. Y suena fuerte, aunque no lo parezca. Suena cuando por fin cerramos el estuche del saxofón después de un concierto. Suena cuando estamos solos en casa y nos damos cuenta de que no hay más prisa por hoy. Suena cuando un alumno nos mira sin decir nada, pero con esa cara de “ahora lo entendí”.
Porque sí, el silencio también enseña. En clase, muchas veces el silencio dice más que mis palabras. Cuando dejo espacio a que el alumnado se exprese, piense, dude… aprenden más. Y como músicos, lo mismo: cuando aprendemos a esperar, a no correr, a dejar respirar la música, algo cambia en nuestra manera de tocar.
Yo siempre les digo a mis alumnos que el silencio no es vacío. El silencio está lleno de tensión, de expectativa, de emoción. En una marcha procesional, por ejemplo, ¿no es acaso ese silencio antes del primer golpe de tambor lo que te pone los pelos de punta? ¿O ese compás en el que la banda calla y solo queda el paso del público o el sonido del aire?
Esos silencios también son parte de la música. Y lo más curioso es que a veces son los momentos que más recordamos. Seguro que tú también tienes algún recuerdo musical que no está lleno de notas, sino de un silencio exacto, en el momento justo.
Y te lanzo esta pregunta a ti, que estás escuchando o leyendo este episodio: ¿Qué lugar tiene el silencio en tu vida? ¿Lo evitas? ¿Lo buscas? ¿Te da paz o te incomoda?
Vivimos en un mundo lleno de notificaciones, sonidos, distracciones… Y cuando no hay ruido, buscamos algo que lo reemplace. Pero a veces, lo que más necesitamos no es una nueva canción, ni una nueva serie, ni una nueva tarea, sino detenernos. Dejar que el día suene sin filtros. Escuchar lo que hay detrás de todo lo que normalmente no oímos.
Y si eres músico, o estás estudiando música, esto es especialmente importante. Porque los silencios no solo están escritos en la partitura. También están en tu proceso de aprendizaje. Hay semanas donde no todo fluye. Donde no avanzas. Donde simplemente estás, sin más. Y ahí también se está formando tu sonido.
Como cuando una nota larga necesita aire, necesita sostén… el silencio necesita espacio. Y si se lo das, te transforma.
Por eso, hoy quería invitarte a que aproveches estos días —aunque solo sea un ratito— para parar. Para no hacer. Para no llenar el tiempo de cosas. Sino permitirte el lujo de escuchar el silencio.
Cierra el estuche del instrumento. Pon el móvil en silencio. Apaga las luces si quieres. Y simplemente escucha. Escucha lo que hay. Lo que eres. Lo que queda cuando no estás actuando.
Y si lo haces, cuéntamelo. ¿Qué descubriste? ¿Qué sentiste? ¿Fue incómodo? ¿Liberador? ¿Te inspiró? Porque sí, el silencio también inspira. Nos prepara para lo siguiente. Es como ese silencio antes de empezar a tocar, cuando el público contiene la respiración y tú sabes que vas a decir algo… pero aún no.
Y solo una cosa antes de terminar: este episodio no busca ser nada más de lo que es. No es una lección profunda ni una reflexión trascendental. Solo es una pequeña pausa, una forma de poner en voz alta algo que muchas veces sentimos pero no decimos. Nada más. A veces, en medio del ritmo de clases, conciertos y proyectos, también hace falta un momento así.
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¡Hasta la próxima!