102.- Buen músico… sin título

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102.- Buen músico… sin título
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Bienvenidos a Isidro Música, el podcast donde exploramos el mundo del saxofón y la enseñanza musical. Soy Isidro Rodríguez, saxofonista, profesor y director del Centro de Educación Musical Isidro Rodríguez. Si quieres saber más sobre mi trabajo, acceder a clases online o conocer las agrupaciones de nuestra academia, te invito a visitar isidromusica.com. Ahora sí, disfrutemos juntos de este episodio.

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Ahora sí, vamos con el episodio de hoy.

Hoy quiero plantear una pregunta que seguramente genere opiniones muy diferentes y que, además, creo que merece una reflexión tranquila, porque durante muchos años hemos dado por sentadas determinadas ideas dentro de la enseñanza musical sin preguntarnos demasiado si realmente sirven para todos los alumnos por igual.

La pregunta es muy sencilla:

¿De verdad necesitas estudiar en un conservatorio para convertirte en un buen músico?

Y antes de continuar quiero dejar algo muy claro, porque no me gustaría que este episodio se interpretara como una crítica al conservatorio. Los conservatorios cumplen una función fundamental dentro de nuestro sistema educativo, cuentan con excelentes profesionales y ofrecen una formación reglada imprescindible para quien quiere seguir determinados caminos académicos y profesionales dentro de la música.

De hecho, tengo alumnos que estudian en conservatorios, preparo alumnado para pruebas de acceso y me produce una enorme satisfacción cuando alguno de ellos decide continuar por esa vía y consigue sus objetivos.

El problema no está en el conservatorio, sino en pensar que ese es el único camino válido para recibir una formación musical seria.

Creo que durante mucho tiempo hemos confundido dos conceptos que están relacionados, pero que no significan exactamente lo mismo: estudiar música y estudiar una titulación musical.

Cuando un niño comienza a tocar un instrumento, progresa rápidamente y demuestra ciertas capacidades, muchas veces aparece enseguida una frase que todos hemos escuchado alguna vez: “Este niño debería ir al conservatorio”.

Y puede que sea cierto, especialmente si ese alumno quiere dedicarse profesionalmente a la música, realizar unos estudios superiores, preparar oposiciones, convertirse en profesor o desarrollar una carrera dentro de ámbitos en los que una titulación sea necesaria.

En ese caso, evidentemente debemos ofrecerle todas las herramientas posibles para que pueda recorrer ese camino con garantías.

Pero también puede ocurrir que ese mismo alumno quiera algo completamente diferente: tocar bien su instrumento, formar parte de una banda, participar en una Big Band, tocar en una orquesta de música moderna, acercarse al jazz o a la música latina, participar en proyectos musicales de su entorno o, simplemente, disfrutar haciendo música durante toda su vida sin convertirla necesariamente en su profesión.

Y entonces creo que la pregunta cambia.

Ya no se trata de decidir si el conservatorio es bueno o malo, sino de preguntarnos qué camino necesita realmente cada alumno.

Desde mi punto de vista, una escuela de música bien estructurada puede ofrecer una formación muy seria sin necesidad de intentar convertirse en un pequeño conservatorio, porque son espacios diferentes que pueden tener objetivos distintos y que, además, pueden complementarse perfectamente.

En una escuela podemos trabajar técnica instrumental, lenguaje musical, lectura, afinación, interpretación, trabajo de conjunto, improvisa ción, diferentes estilos, escucha, repertorio y experiencia escénica, pero también podemos ofrecer algo que para mí es fundamental dentro de cualquier proceso educativo: situaciones reales en las que el alumno pueda utilizar todo lo que está aprendiendo.

Y aquí quiero llevar este episodio directamente a mi experiencia, porque una de las cosas que más satisfacción me produce después de tantos años enseñando no es solamente comprobar qué alumnos continúan estudiando en un conservatorio, sino observar dónde terminan haciendo música.

Tenemos alumnos y antiguos alumnos que están tocando en orquestas vinculadas al mundo de la música latina, enfrentándose a repertorios que requieren oído, lectura, conocimiento del estilo, capacidad de adaptación y muchísima atención a lo que ocurre alrededor.

Otros forman parte de bandas municipales, agrupaciones sinfónicas y diferentes proyectos musicales de nuestra isla, donde necesitan integrarse dentro de una sección, controlar la afinación, entender las indicaciones de un director y aprender a construir un sonido colectivo junto a otras personas.

También hay músicos que han recibido llamadas para participar en proyectos concretos de reconocido nivel, compartiendo escenario y acompañando a cantantes y artistas nacionales e internacionales.

Y tenemos también alumnas participando en proyectos como la Gran Canaria Women’s Band, una formación integrada exclusivamente por mujeres y que se ha convertido en una referencia dentro de nuestra realidad musical.

Cuando veo todas esas experiencias juntas pienso que tenemos que ampliar nuestra manera de entender qué significa realmente estar bien formado.

Porque cuando un músico recibe una llamada para tocar con una orquesta y tiene que preparar veinte o treinta temas, estudiar estructuras, aprender cortes, entender diferentes estilos y llegar a un ensayo preparado para funcionar desde el primer momento, ahí hay formación musical.

Cuando entra en una banda sinfónica y necesita leer repertorio, escuchar a su sección, controlar la afinación y responder a las indicaciones del director, también la hay.

Y cuando tiene que subir a un escenario para acompañar a un artista, adaptarse rápidamente a otros profesionales y resolver una actuación con seguridad, detrás de todo eso hay muchas horas de estudio, experiencia y aprendizaje.

Por eso, una de las cosas que intento trabajar especialmente con nuestro alumnado es que poco a poco se convierta en músicos autónomos.

Que puedan abrir una partitura y comenzar a entenderla por sí mismos, que sepan detectar un problema mientras estudian, que tengan herramientas para solucionarlo, que aprendan a escuchar lo que ocurre a su alrededor y que puedan incorporarse a una agrupación sin depender constantemente de que alguien les diga exactamente lo que tienen que hacer.

Pero hay algo todavía más importante.

Intento que mantengan las ganas de seguir tocando.

Porque para mí existe una pregunta que deberíamos hacernos con mucha más frecuencia dentro de la educación musical:

¿Este alumno seguirá tocando dentro de diez años?

A veces estamos tan preocupados por los exámenes, las pruebas de acceso, las escalas, los estudios, las obras y los diferentes niveles académicos que podemos olvidar algo fundamental: estamos formando personas para que tengan una relación con la música que, en el mejor de los casos, debería acompañarlas durante toda su vida.

Podemos conseguir que un alumno toque una obra dificilísima con quince o dieciséis años, pero si a los veinte abandona completamente el instrumento porque terminó agotado, frustrado o desconectado de la música, quizá deberíamos preguntarnos qué ocurrió durante ese proceso.

En cambio, un alumno que quizá nunca haya realizado estudios superiores de música, pero que con treinta, cuarenta o cincuenta años continúa tocando en una banda, participa en una orquesta, ensaya cada semana, prepara conciertos y sigue disfrutando de su instrumento, también representa, al menos para mí, un enorme éxito educativo.

Y esto no significa bajar el nivel ni conformarnos con que todo sea simplemente divertido.

Podemos exigir, podemos trabajar técnica, podemos preparar repertorio complejo y podemos intentar que cada alumno alcance el máximo nivel posible, pero ese máximo nivel no tiene por qué tener exactamente la misma forma para todas las personas.

El objetivo no debería ser llevar a todos los alumnos al mismo sitio, sino dar a cada uno las herramientas necesarias para convertirse en el músico que quiere llegar a ser.

Por eso, cuando una familia me pregunta si su hijo debería ir al conservatorio, creo que antes de responder si tiene o no nivel suficiente deberíamos intentar descubrir algo todavía más importante:

¿Qué quiere hacer ese alumno con la música?

Si quiere seguir estudios profesionales, ayudémosle a preparar ese camino.

Si quiere tocar en agrupaciones, enseñémosle las herramientas que necesitará para hacerlo.

Si quiere descubrir otros estilos, acerquémosle a ellos.

Y si simplemente quiere disfrutar tocando bien durante muchos años, no tratemos ese objetivo como algo menor, porque posiblemente estemos ayudando a construir una relación con la música que pueda durar toda una vida.

Yo me siento enormemente orgulloso cuando veo a nuestro alumnado continuar sus estudios en un conservatorio, superar pruebas o avanzar dentro de la enseñanza reglada, pero también siento muchísimo orgullo cuando recibo noticias de alumnos y antiguos alumnos que están tocando en orquestas, bandas, agrupaciones, Big Bands o proyectos profesionales.

Porque al final, para eso estudiamos música.

No únicamente para aprobar exámenes, superar niveles o acumular títulos, sino para disponer de las herramientas necesarias para hacer música y disfrutar de ella.

Así que quizá deberíamos dejar de preguntarnos solamente hasta qué curso llegó una persona o qué título tiene, y empezar a hacernos una pregunta que para mí resulta mucho más interesante:

¿Dónde está tocando ahora?

Porque muchas veces la respuesta a esa pregunta nos dice muchísimo sobre la formación que ha recibido, sobre las herramientas que ha adquirido y, sobre todo, sobre la relación que ha conseguido mantener con la música.

Y ahora quiero conocer tu opinión.

¿Crees que el conservatorio sigue siendo el camino principal para recibir una buena formación musical, o piensas que las escuelas de música y otros modelos educativos pueden ofrecer también una formación de muchísimo nivel?

¿Estudiaste en un conservatorio, en una escuela de música o seguiste otro camino?

Y hay una pregunta que me interesa todavía más:

¿Sigues tocando actualmente?

Me encantará leer sus experiencias y conocer cómo ha sido el camino musical de cada uno.

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