100.- Quieres dignificar la música… pero tocas gratis

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100.- Quieres dignificar la música… pero tocas gratis
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Bienvenidos a Isidro Música, el podcast donde exploramos el mundo del saxofón y la enseñanza musical. Soy Isidro Rodríguez, saxofonista, profesor y director del Centro de Educación Musical Isidro Rodríguez. Si quieres saber más sobre mi trabajo, acceder a clases online o conocer las agrupaciones de nuestra academia, te invito a visitar isidromusica.com. Ahora sí, disfrutemos juntos de este episodio.

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Y hoy llegamos, además, a un número bastante especial: este es el episodio 100 del podcast.

Podría haber aprovechado la ocasión para hacer un episodio recopilatorio, recordar los mejores momentos de estos años o preparar algo especialmente emotivo para celebrarlo, pero al final he decidido hacer prácticamente lo contrario y meterme en un tema que seguramente genere bastante debate.

Hoy vamos a hablar de dinero.

Vamos a hablar de cuánto cobra un músico por tocar, de cuánto debería cobrar, de por qué encontramos diferencias enormes entre unas actuaciones y otras y, sobre todo, de una contradicción que veo constantemente dentro de nuestro propio sector: todos decimos que hay que dignificar la profesión musical, pero después, cuando llega el momento de poner precio a nuestro trabajo, muchas veces somos nosotros mismos los primeros que aceptamos prácticamente cualquier cosa.

Y antes de continuar quiero dejar algo claro, porque no quiero convertir esto en una especie de tabla de precios ni decirle a nadie lo que tiene que cobrar. Cada músico tiene unas circunstancias, cada proyecto es diferente y cada uno es totalmente libre de aceptar o rechazar una actuación. Lo que quiero plantear hoy es algo mucho más sencillo: si realmente queremos que nuestro trabajo sea valorado, nosotros también tenemos que empezar a plantearnos qué valor le damos.

En los últimos tiempos he tenido experiencias bastante diferentes como músico contratado y creo que sirven perfectamente para explicar de qué estamos hablando. Por ejemplo, me han llamado para dos procesiones diferentes de aproximadamente una hora cada una y he cobrado 40 euros por cada procesión. También he participado en una procesión que duró alrededor de cinco horas y por la que cobré 120 euros. En otro contexto, tocando con una orquesta de música latina, he cobrado 80 euros por aproximadamente una hora de actuación, y también he realizado actuaciones de unas dos horas por las que he cobrado 200 euros.

Y cuando pones todas esas cifras juntas te das cuenta de que no existe una lógica demasiado clara. Una hora puede valer 40 euros, otra puede valer 80 y dos horas pueden valer 200. Incluso cinco horas pueden terminar pagándose a 120 euros.

Pero además hay un problema todavía mayor, y es que seguimos haciendo las cuentas como si el trabajo de un músico comenzara exactamente cuando toca la primera nota y terminara cuando guarda el instrumento.

Y eso casi nunca ocurre.

Hace poco, por ejemplo, he tenido varias situaciones con orquestas que me parecen muy representativas. Me llaman para hacer una sustitución o una actuación y me ofrecen unos 120 o 150 euros por aproximadamente dos horas de verbena. Cuando respondo que para ese trabajo mi caché sería de 200 euros, en alguna ocasión la reacción ha sido que les parece caro.

Y puedo entender de dónde viene esa sensación, porque si solamente hacemos una división rápida, alguien puede pensar: «200 euros por dos horas… 100 euros la hora. No está nada mal».

El problema es que esas dos horas de verbena no empiezan cuando yo subo al escenario.

En una de esas ocasiones, por ejemplo, estamos hablando de un repertorio de unos 26 temas que tengo que preparar antes de la actuación. Y preparar 26 canciones para una orquesta no significa simplemente descargarlas en el teléfono y escucharlas un par de veces. Hay que conocer las estructuras, escuchar exactamente qué hace el saxofón, preparar segundas voces, mambos, cortes, articulaciones, entradas, finales y, sobre todo, entender cómo se toca cada canción dentro de su estilo.

Porque no sirve de mucho tocar todas las notas correctamente si estás interpretando un merengue, una salsa o una cumbia como si estuvieras leyendo un estudio del conservatorio. Hay una manera de articular, de frasear y de integrarte dentro de una sección que también hay que conocer.

Y ahí es donde creo que muchas veces se nos escapa una parte fundamental del precio de un profesional.

Cuando una orquesta me llama, quiero pensar que no me llama solamente porque tengo un saxofón. Me llama porque espera que el día de la actuación yo llegue con esos 26 temas estudiados, entienda el repertorio, pueda integrarme rápidamente con el resto de músicos y, cuando empiece la verbena, no tenga que estar preguntando constantemente dónde entro, qué voz tengo que hacer o cómo termina cada canción.

Lo que quieren es que llegue, prepare mi equipo, empiece la actuación y funcione.

Y esa tranquilidad también forma parte de lo que estás contratando.

No digo esto desde la arrogancia ni porque crea que soy mejor que otro músico. Hay muchísimos saxofonistas extraordinarios. Lo que digo es que después de muchos años estudiando, tocando, trabajando con diferentes agrupaciones y preparando repertorio, creo que puedo ofrecer un determinado nivel de profesionalidad y de seguridad cuando alguien me llama para un trabajo. Y considero que eso también debe tener un valor.

Porque cuando contratamos a un profesional no estamos pagando exclusivamente sus minutos sobre el escenario. Estamos pagando también todos los años que ha necesitado para llegar a ese escenario y saber resolver lo que ocurra allí.

Y lo curioso es que yo también conozco perfectamente la otra parte de esta historia, porque muchas veces soy yo quien tiene que contratar músicos.

Desde nuestras agrupaciones y proyectos necesitamos refuerzos para determinados conciertos, procesiones o actuaciones y, por supuesto, también tenemos presupuestos limitados. Sé perfectamente lo difícil que es cuadrar números, especialmente cuando tienes que contratar a varias personas, asumir desplazamientos y hacer que un proyecto económicamente sea viable.

Aun así, intentamos establecer unas cantidades que consideramos razonables dependiendo del trabajo. Por ejemplo, en determinadas procesiones largas, que además se realizan en condiciones bastante complicadas de temperatura y que implican un esfuerzo físico importante, hemos llegado a ofrecer unos 160 euros por músico. Para determinados conciertos podemos ofrecer alrededor de 150 euros por una hora de actuación, pero teniendo en cuenta además que algunos músicos tienen que desplazarse hasta La Aldea y después regresar. Y en otros proyectos hemos llegado incluso a los 200 euros por actuación.

¿Significa esto que 160, 150 o 200 euros sea el precio correcto y que todo el mundo debería cobrar exactamente eso? Evidentemente no.

Lo que significa es que cuando soy yo quien contrata intento pensar en algo más que en la duración del concierto. Si una persona tiene que estudiar un repertorio, coger su coche, desplazarse hasta La Aldea, llegar con tiempo, realizar una prueba, esperar hasta el comienzo, tocar y después volver a su casa, sería bastante absurdo decirle que ha trabajado solamente una hora porque el concierto duró sesenta minutos.

Y aquí aparece también el tema de las colaboraciones, porque quiero ser muy claro con esto: yo he tocado gratis muchas veces y probablemente seguiré haciéndolo.

Y desde nuestros proyectos también hemos pedido músicos que colaboren gratuitamente cuando no existe presupuesto.

No creo que haya absolutamente nada malo en ello.

A veces quieres ayudar a un compañero, participar en un acto benéfico, apoyar a una asociación, sumarte a un proyecto que te hace ilusión o simplemente tocar porque te apetece. La música también tiene esa parte de comunidad y sería bastante triste convertir absolutamente todo en una factura.

Pero para mí existe una diferencia enorme entre colaborar gratuitamente porque tú has decidido hacerlo y que alguien considere que tu obligación es trabajar gratis.

Y además, si yo llamo a un músico y le digo con total sinceridad que no tengo presupuesto y que estoy buscando una colaboración, tengo que estar perfectamente preparado para escuchar un «no».

Y ese «no» no convierte a esa persona en peor compañero, ni significa que solamente piense en dinero, ni implica que no quiera ayudar.

Simplemente puede significar que en ese momento no le compensa regalar ese trabajo.

El problema aparece cuando durante mucho tiempo has aceptado absolutamente todo.

Te llaman: vas.

No hay presupuesto: vas.

Hay que echar una mano: vas.

Hay una actuación de cinco horas por una cantidad mínima: también vas.

Y entonces un día decides que determinadas actuaciones solamente las vas a hacer si existe un caché razonable.

Curiosamente, ese día puedes pasar rápidamente de ser una persona maravillosa que siempre colaboraba a convertirte en el malo de la película.

«Antes venía gratis».

«Ahora por todo quiere cobrar».

«Cómo ha cambiado».

Pero quizás no has cambiado tanto. Quizás simplemente has empezado a poner un límite a tu tiempo.

Y creo que aquí llegamos a la parte más incómoda del episodio.

Los músicos hablamos muchísimo de dignificar nuestra profesión. Nos quejamos, muchas veces con razón, de que determinadas instituciones pagan poco, de que algunos organizadores no valoran nuestro trabajo o de que la cultura siempre parece ser el lugar donde primero intentamos ahorrar.

Pero también deberíamos mirarnos un poco a nosotros mismos.

Porque imaginemos que alguien necesita un saxofonista para una actuación y ofrece 40 euros. Si al minuto tiene diez músicos escribiéndole para aceptar ese trabajo, ¿qué incentivo tiene esa persona para ofrecer 100 la próxima vez?

Y repito: no estoy juzgando al músico que acepta esos 40 euros. No conozco su situación. Quizás necesita el dinero, quizás está empezando, quizás quiere ganar experiencia o quizás simplemente le apetece tocar.

Pero nuestras decisiones individuales también terminan generando una referencia colectiva de cuánto cuesta nuestro trabajo.

Y ahí es donde encuentro la contradicción.

No podemos llenar las redes sociales diciendo que hay que dignificar la profesión musical y después competir entre nosotros para ver quién hace el trabajo más barato.

No podemos pedir que los demás valoren algo que nosotros mismos estamos continuamente dispuestos a regalar.

Por eso creo que cada músico debería establecer, aunque solamente sea de manera personal, qué condiciones hacen que una actuación le compense.

Y no tiene por qué ser una cifra fija.

Quizás por tocar una hora al lado de tu casa y con un repertorio que ya conoces aceptas una determinada cantidad. Pero si tienes que estudiar 26 canciones, desplazarte, hacer una prueba de sonido, esperar dos horas antes de empezar y volver de madrugada, probablemente el precio sea diferente.

Y si el proyecto te encanta y quieres hacerlo gratuitamente, perfecto.

Pero que sea una decisión tuya.

Quizás esa sea la reflexión que quería compartir precisamente en este episodio número 100.

Después de cien episodios hablando de saxofones, educación musical, conciertos, alumnos, agrupaciones y experiencias personales, creo que también merece la pena recordar que detrás de todo eso hay una profesión.

Y ser profesional no significa querer cobrar por respirar ni convertir cada nota en dinero. Significa entender que tu tiempo, tu preparación y tu experiencia tienen un valor.

Puedes regalar tu música cuando quieras.

Puedes colaborar todas las veces que quieras.

Puedes tocar simplemente porque te hace feliz.

Pero también puedes decir que no.

Y puedes establecer un caché sin sentir que tienes que pedir perdón por ello.

Porque quizás el problema no sea cobrar 200 euros por tocar dos horas.

Quizás el problema sea seguir pensando que solamente has trabajado esas dos horas.

Y si realmente queremos dignificar la música, probablemente tengamos que empezar por ahí: dejando de esperar siempre que sean los demás quienes dignifiquen nuestro trabajo y empezando también nosotros a darle valor.

Gracias por acompañarme durante estos cien episodios. De verdad que llegar hasta aquí tiene un significado muy especial para mí, y me parecía una buena forma de celebrarlo abriendo un debate que seguramente tendrá opiniones muy diferentes.

Así que ahora quiero saber qué piensas tú.

¿Alguna vez has rechazado una actuación porque considerabas que estaba mal pagada? ¿Tienes un caché mínimo? ¿Has tenido problemas cuando has empezado a cobrar por algo que anteriormente hacías gratuitamente? ¿O crees que los propios músicos somos, en parte, responsables de que determinados trabajos estén tan poco valorados?

Te leo en los comentarios.

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¡Hasta la próxima!